Monday, December 31, 2007


Resoluciones

Tengo tantas resoluciones para el nuevo año, que mi lista va a empezar así: “Voy a sentarme, lo más pronto posible, a escribir una lista de resoluciones para el nuevo año”. Pero uno hace lo que puede para eludir y desatender, con diligencia, el llamado de las sirenas de la autoayuda (que, como se sabe, ya tienen montada una industria). Quizá por la misma flojera, me está empezando a parecer más práctico adoptar las resoluciones de otros. Robarlas, fingiendo cierta fidelidad al deseo ajeno. Atareado últimamente con algunos viajes, ninguna lista de resoluciones me cautiva tanto como la producida en el Primer Congreso Internacional de Antituristas (que se celebró en un hotel en Kazajstán, en 1999). Este “manifiesto comunista” de los mochileros es digno de ser difundido, adoptado, ampliado. Funciona, de hecho, para viajes largos (digamos a Guyana) o cortos (a Oruro, digamos). Traduzco las partes más salientes:

Con la gradual reducción del mundo, sus maravillas han ido desapareciendo. No hay ya nada extraordinario en la Gran Muralla de China, el Taj Mahal o las Pirámides de Egipto. Son tan banales y frecuentes como el rostro de una caja de cereales.
La obligación del viajero es, por lo tanto, descubrir nuevas áreas de experiencia. En un mundo explorado hasta el cansancio se torna imprescindible la existencia de tierras baldías, agujeros negros y desolados parajes urbanos: esos lugares que, por mala costumbre, la gente evita.
Los únicos verdaderos viajeros son, por lo tanto, antituristas. De acuerdo con esta lógica declaramos que: El antiturista no visita lugares que sean, de alguna manera, deseables. El antiturista rehuye la comodidad. El antiturista acepta el hambre, las alucinaciones y los hoteles de mierda. El antiturista busca las puertas cerradas y los edificios demolidos. El antiturista desprecia la bravuconería del temerario que intenta penetrar en zonas de peligro como Afganistán. La única razón detrás de estas aventuras es la vanidad, el deseo de fanfarronear.
El antiturista viaja en la peor época del año.
El antiturista prefiere las cosas muertas a las vivas.
El antiturista es humilde y aspira a la invisibilidad.
El antiturista está interesado en las historias escondidas, en las obscuridades encantadoras, en el mal arte.
El antiturista cree que la belleza está en la calle.
El antiturista sostiene que, cualesquiera que sean sus efectos, los viajes raramente amplían horizontes o enriquecen la mente. (Y aquí seguimos al siempre lúcido G.K. Chesterton, quien, en su clásico libro Lo que vi en Norteamérica, escribió: “Nunca he logrado perder mi vieja certeza de que los viajes achican los horizontes y la mente. Por lo menos, tenemos que hacer un doble esfuerzo de humildad moral y energía imaginativa para que los viajes no nos afecten negativamente”).
El antiturista está convencido de que, no importa quién sea, uno no tiene mayor importancia: el universo es inmenso, somos motas de polvo y moriremos pronto.
El antiturista valora más la desorientación que el aprendizaje.
El antiturista ama la verdad, pero también tiene debilidad por las mentiras. Especialmente las suyas (para ejemplo, éstas).

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