La Hipocresía de los Plazos: Una crítica a la legalización parcial del aborto
El debate sobre el aborto gira muchas veces en torno a plazos. Se permite hasta la semana 12, 14 o 22,
dependiendo del país. Después de ese punto, el mismo acto que antes era considerado legal y válido, pasa
a ser restringido o incluso penalizado. Pero esta lógica basada en límites temporales oculta una
contradicción ética profunda, que cada vez más personas empiezan a notar y cuestionar.
La pregunta clave es simple, aunque incómoda: ¿Qué es exactamente lo que termina un aborto?
Desde la biología, la respuesta es clara: termina una vida humana en desarrollo. No un "posible ser
humano", ni una parte del cuerpo de la madre, sino un organismo humano individual, con ADN propio y un
proceso autónomo de crecimiento.
La ciencia no establece un "momento mágico" donde aparece la humanidad. El embrión es humano desde el
principio. Por eso, si aceptamos que el aborto acaba con una vida humana, el problema ya no es cuándo
ocurre, sino por qué se permite hacerlo en ciertos momentos y no en otros.
¿Por qué entonces se aceptan los plazos?
La respuesta es menos moral de lo que muchos creen. La mayoría de los países no fijan plazos basados en
principios éticos sólidos, sino en una combinación de:
- Factores médicos: menos riesgo para la mujer en etapas tempranas.
- Conveniencia política: los plazos intermedios permiten pactos entre sectores enfrentados.
- Factores sociales y estéticos: el feto "aún no parece un bebé", lo cual genera menos rechazo.
Estas razones, aunque comprensibles desde lo práctico, no justifican moralmente la decisión de cuándo una
vida puede o no ser eliminada. De hecho, el mismo argumento que se usa para legalizar el aborto temprano
(autonomía, libertad de decisión, circunstancias difíciles) podría aplicarse también en etapas más avanzadas
del embarazo, e incluso --como algunos filósofos radicales ya proponen-- a recién nacidos. Pero el rechazosocial impide ir más allá.
Por eso, los límites temporales son una estrategia política, no una conclusión ética. Se trata de buscar un
punto medio entre quienes consideran el aborto un derecho absoluto y quienes lo ven como un crimen. Así,
se crea una legislación "intermedia", funcional pero contradictoria: un aborto de 12 semanas es legal; uno de
13, ya no.
¿Qué mensaje transmite esto?
Que el valor de una vida humana depende del tiempo, o de su grado de desarrollo. Pero esta idea es
peligrosa. Porque si aceptamos que se puede terminar una vida por ser incipiente o dependiente, ¿qué nos
impide extender esa lógica a los recién nacidos, los ancianos, o los discapacitados?
Aceptar el aborto como "mal menor" en ciertos casos puede ser una postura discutible. Pero pretender que
no hay vida humana o valor moral en un embrión de 10 semanas para justificar su eliminación, y al mismo
tiempo prohibir el aborto a las 20 semanas porque "ahora sí vale", es una hipocresía estructural.
El fondo del debate
El verdadero debate no es sobre plazos. Es sobre la dignidad de la vida humana, sobre si existen principios
no negociables, y sobre qué significa realmente una sociedad justa.
Mientras se permita el aborto legal basándose en límites arbitrarios, seguiremos viviendo en un sistema que
legitima matar bajo condiciones, y que define el valor de la vida por conveniencia, no por principios.
Es hora de admitir que los plazos no resuelven el problema. Solo lo disimulan. Y que toda legislación que los
use como excusa solo aplaza una discusión que, tarde o temprano, deberemos enfrentar con honestidad: la
del valor absoluto de la vida humana


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