La Felicidad…
Hoy estoy inusualmente feliz y deseo compartir el porque:
El célebre economista inglés Richard Layard sugiere que Bolivia es un país de infelices. Literalmente: de acuerdo a sus cálculos, la economía de un país necesita generar por lo menos 15.000 dólares anuales por cabeza para empezar a hacer felices a sus ciudadanos. En Bolivia el producto interno bruto per capita (ajustado de acuerdo a su poder de compra) es 2.700 dólares anuales (es la cifra que proporciona el banco de datos de la CIA, en una de las páginas que nos dedica). Dos más dos: nuestra probabilidad de ser felices es más o menos la de un esquimal en el infierno.
El minucioso Layard, claro, se refiere a otra cosa. Su estudio sobre la relación entre ingresos y felicidad, prueba dos diferentes conclusiones: a) que la pobreza reduce sustancialmente la capacidad de ser felices; b) que los ricos también lloran. Estas parecen ser ideas contradictorias pero no lo son. Veamos:
Primera Idea: Cuando las necesidades básicas (comida, techo, medicina, ocio) no son cubiertas, la infelicidad es prácticamente inevitable. En estos casos, el dinero sí compra la felicidad. La comprobación de esta aparente perogrullada es estadística: los incrementos en los "índices de felicidad" son directamente proporcionales a los incrementos en el Producto Interno Bruto per capita (cita los casos de México e India).
Segunda Idea: Sin embargo, el dinero no compra la felicidad. Esto parece contradecir lo dicho, pero no: más allá de los $us 15.000 por cabeza, los incrementos generales en ingresos per capita no hacen feliz a nadie. En Japón, por ejemplo, el ingreso de sus habitantes se ha sextuplicado desde 1950, pero el porcentaje de infelices sigue siendo hoy el mismo. Desde 1975, el PIB per capita de Estados Unidos se ha duplicado, pero los índices de felicidad se han estacando en un 30 por ciento que se declara "muy feliz", un 55 por ciento "más o menos feliz" y 15 por ciento "infeliz".
Las simples conclusiones del profesor Layard se basan en lo que dice la gente. Pero ¿qué quiere decir la gente cuando, en censos y encuestas, dice que es feliz? Según cierta sociología, la gente se declara feliz cuando, en un balance intuitivo, cree que en su vida cotidiana predominan las actividades placenteras. Pero ¿qué es una actividad placentera? Un gigante estudio realizado hace unos años en Texas trató precisamente de identificar las actividades que, para un grupo específico, se identifican con la felicidad o infelicidad cotidiana. Se pagó a mil mujeres para que escriban por un mes un diario de sus tareas y ocupaciones, que además de ser descritas debían ser calificadas como más y menos placenteras. Con una consistencia (y lucidez) asombrosa, estas mujeres identificaron la felicidad cotidiana con (en orden de importancia): tener relaciones sexuales, socializar después del trabajo, cenar, relajarse y rezar. La infelicidad, por su parte, fue identificada con el viaje de ida y vuelta al trabajo, con el trabajo, con el cuidado de los niños y las tareas domésticas.
Conclusión: el secreto de la felicidad sugerido por estas mujeres es el mismo que Freud sospechaba: coger, comer, charlar (y dormir siestas entre una y otra de estas tareas). Y su lista de actividades poco placenteras explica por qué la gente acá no es más feliz pese a que gana más dinero: se trabaja más horas, se pasa más tiempo atrapado en el tráfico, se tiene que limpiar casas más grandes que hace 30 años. Y no hablemos de los niños, que se han convertido en un asfixiante trabajo de tiempo completo (si uno quiere ser "buen padre").
A los estudios económicos y sociológicos de la felicidad se le han sumado recientemente los psicológicogenéticos. La mala noticia de éstos es la siguiente: la infelicidad es, en buena medida, heredada. Uno de los mayores expertos del campo, David Lykken, sostiene por ejemplo que "tratar de ser más feliz es como tratar de ser más alto". O sea: una vez cubrimos nuestras necesidades básicas (los famosos 15.000 dólares por nuca), no importa lo que nos pase en la vida porque de todos modos vamos a ser tan felices o infelices como lo permitan los genes que hemos heredado. Se cita, como ilustración, el estudio comparativo (de "la vida real") de un infeliz que ganó la lotería y un feliz que, por un golpe, quedó parapléjico. Luego de los respectivos shocks iniciales, ambos regresaron en el lapso de un año a sus respectivos niveles de felicidad previa al gran cambio en sus vidas (el de la lotería volvió a ser un amargado y el parapléjico un entusiasta).
Pues como este es un pais de “infelices” he decidido dar la contra aun sea por no ser parte de los estudios. *
*inf. Mauricio Souza Crespo
Hoy estoy inusualmente feliz y deseo compartir el porque:
El célebre economista inglés Richard Layard sugiere que Bolivia es un país de infelices. Literalmente: de acuerdo a sus cálculos, la economía de un país necesita generar por lo menos 15.000 dólares anuales por cabeza para empezar a hacer felices a sus ciudadanos. En Bolivia el producto interno bruto per capita (ajustado de acuerdo a su poder de compra) es 2.700 dólares anuales (es la cifra que proporciona el banco de datos de la CIA, en una de las páginas que nos dedica). Dos más dos: nuestra probabilidad de ser felices es más o menos la de un esquimal en el infierno.
El minucioso Layard, claro, se refiere a otra cosa. Su estudio sobre la relación entre ingresos y felicidad, prueba dos diferentes conclusiones: a) que la pobreza reduce sustancialmente la capacidad de ser felices; b) que los ricos también lloran. Estas parecen ser ideas contradictorias pero no lo son. Veamos:
Primera Idea: Cuando las necesidades básicas (comida, techo, medicina, ocio) no son cubiertas, la infelicidad es prácticamente inevitable. En estos casos, el dinero sí compra la felicidad. La comprobación de esta aparente perogrullada es estadística: los incrementos en los "índices de felicidad" son directamente proporcionales a los incrementos en el Producto Interno Bruto per capita (cita los casos de México e India).
Segunda Idea: Sin embargo, el dinero no compra la felicidad. Esto parece contradecir lo dicho, pero no: más allá de los $us 15.000 por cabeza, los incrementos generales en ingresos per capita no hacen feliz a nadie. En Japón, por ejemplo, el ingreso de sus habitantes se ha sextuplicado desde 1950, pero el porcentaje de infelices sigue siendo hoy el mismo. Desde 1975, el PIB per capita de Estados Unidos se ha duplicado, pero los índices de felicidad se han estacando en un 30 por ciento que se declara "muy feliz", un 55 por ciento "más o menos feliz" y 15 por ciento "infeliz".
Las simples conclusiones del profesor Layard se basan en lo que dice la gente. Pero ¿qué quiere decir la gente cuando, en censos y encuestas, dice que es feliz? Según cierta sociología, la gente se declara feliz cuando, en un balance intuitivo, cree que en su vida cotidiana predominan las actividades placenteras. Pero ¿qué es una actividad placentera? Un gigante estudio realizado hace unos años en Texas trató precisamente de identificar las actividades que, para un grupo específico, se identifican con la felicidad o infelicidad cotidiana. Se pagó a mil mujeres para que escriban por un mes un diario de sus tareas y ocupaciones, que además de ser descritas debían ser calificadas como más y menos placenteras. Con una consistencia (y lucidez) asombrosa, estas mujeres identificaron la felicidad cotidiana con (en orden de importancia): tener relaciones sexuales, socializar después del trabajo, cenar, relajarse y rezar. La infelicidad, por su parte, fue identificada con el viaje de ida y vuelta al trabajo, con el trabajo, con el cuidado de los niños y las tareas domésticas.
Conclusión: el secreto de la felicidad sugerido por estas mujeres es el mismo que Freud sospechaba: coger, comer, charlar (y dormir siestas entre una y otra de estas tareas). Y su lista de actividades poco placenteras explica por qué la gente acá no es más feliz pese a que gana más dinero: se trabaja más horas, se pasa más tiempo atrapado en el tráfico, se tiene que limpiar casas más grandes que hace 30 años. Y no hablemos de los niños, que se han convertido en un asfixiante trabajo de tiempo completo (si uno quiere ser "buen padre").
A los estudios económicos y sociológicos de la felicidad se le han sumado recientemente los psicológicogenéticos. La mala noticia de éstos es la siguiente: la infelicidad es, en buena medida, heredada. Uno de los mayores expertos del campo, David Lykken, sostiene por ejemplo que "tratar de ser más feliz es como tratar de ser más alto". O sea: una vez cubrimos nuestras necesidades básicas (los famosos 15.000 dólares por nuca), no importa lo que nos pase en la vida porque de todos modos vamos a ser tan felices o infelices como lo permitan los genes que hemos heredado. Se cita, como ilustración, el estudio comparativo (de "la vida real") de un infeliz que ganó la lotería y un feliz que, por un golpe, quedó parapléjico. Luego de los respectivos shocks iniciales, ambos regresaron en el lapso de un año a sus respectivos niveles de felicidad previa al gran cambio en sus vidas (el de la lotería volvió a ser un amargado y el parapléjico un entusiasta).
Pues como este es un pais de “infelices” he decidido dar la contra aun sea por no ser parte de los estudios. *
*inf. Mauricio Souza Crespo



